Cuauhtémoc Blas
La atávica violencia en los pueblos de Oaxaca, periódicamente brutales, inexplicablemente terribles, no ha sido definida en estudios sociológicos o humanísticos. Sigue vigente la pregunta de Juan Rulfo: “¿Dónde está la fuerza que causa nuestra miseria? Y hablo de miseria con todas sus implicaciones”.
Cuando sucedió la masacre de Agua Fría, mayo de 2002, con un saldo de 26 oaxaqueños indígenas asesinados por otros indígenas, un diputado local quiso explicarla diciendo que ellos se matan porque le tienen poca estima a la vida. No dio los fundamentos de su declaración. No hay justicia sino impunidad. Los mismo se avizora para los 11 asesinados en tres recientes masacres perpetradas en estos pocos días del actual gobierno del estado: cinco en Amoltepec, tres en los triquis y tres en Xoxocotlán.
De los pleitos por la tierra y por el poder político, se ha pasado a las venganzas familiares. La cadena de cientos de asesinatos o quizá más, durante siglos, hace difuso el motivo de las guerras entre pueblos, así como la posibilidad de pacificación. A pesar de arreglos de un conflicto agrario con pactos firmados, quedan las deudas de sangre que pronto reinician la violencia.












