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Humor

Solendaria Colxicha

Mie - 30 Jun 10 Escrito por revistaenmarcha
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Solendaria_Colxicha

Un presidente municipal de un muy jodido pueblo costeño, Solendaria Colxicha, que recibía muchos millones de pesos de participaciones, pues además de pobreza había sospechas de que de esa zona había surgido un grupo armado, quiso hacerse rico en tres años.
Para evitar delatores de sus transas contrató como tesorero municipal a un contador sordomudo.
Casi al final de su último año de gobierno quiso conocer el monto de sus “ahorritos”, y fue cuando descubrió que el tesorero había desviado 20 millones de pesos.
Cuando el presidente le fue a preguntar por esos millones, se hizo acompañar de su abogada, quien conocía el lenguaje de los sordomudos.
El presidente municipal le pregunto al tesorero: ¿Dónde están los 20 millones que te chingaste?
La abogada, con señas, tradujo la pregunta. El tesorero respondió igual, por supuesto.
- Yo no sé de que están hablando, tradujo la abogada.
Al ver que se le iban sus “ahorritos”, el presidente sacó una pistola calibre .357 mágnum y apuntó a la cabeza del contador, furioso:
- Pregúntale de nuevo...
La abogada le dirigió otras señales al acorralado sordomudo:
- Este pinche loco más ratero que tú te va a matar si no le dices donde está el dinero.
El tesorero respondió de inmediato:
-OK, ustedes ganan, el dinero está en una valija marrón, de cuero, enterrada en el jardín de la casa de mi primo Melquiades, en el Nº 400 de la calle Netos, Sector H3 de La Crucecita en Huatulco. Mi primo no está ahora pero regresará en dos meses.
El presidente municipal preguntó ansioso a la abogada.
- ¿Qué chingaos dice esa ratota?
- Dice que se la pela y que chingue usted a su madre, que no tiene miedo de morir y que le faltan huevos para apretar el pinche gatillo...

 

Humor

Pendejo pero con dinero

Lun - 31 May 10 Escrito por ...
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Hace años en una población indígena zapoteca los maestros también indígenas zapotecas, pero alfabetizados en español, instruían a sus alumnos en zapoteco, o sea los chicos sabían leer pero no hablar en español; las matemáticas se las explicaban en zapoteco y ellos sabían matemáticas en zapoteco. Por eso cuando llegó el inspector de la mismísima capital del estado a supervisar como iba la chamba de los profes se quedó estupefacto, perplejo, anonadado, medio buey, pues.
Los chamacos latosos no entendían que diablos hablaba el supervisor y éste tampoco que decían los chamacos pero veía con asombro como resolvían perfectamente las operaciones matemáticas, además de que escribir en fino castellano oraciones bien estructuradas. Sorprendido se le salió un “cabrones hijos de la chingada, ¿cómo le hacen?”, pero sin problema porque nadie le entendió.
Registró en su bitácora detalladamente este hecho insólito para explicarlo largamente a sus superiores. Fue a supervisar otro salón de clases. Al llegar se llevó otra sorpresa, todos los alumnos se levantaron para saludarlo en español. “Bueno día señor superviso, bienvenido, quí lo queremo mucho”.
Más sorprendido por la zalamería de los chamacos que por  el mal español y las malas operaciones matemáticas que vio en el pizarrón, el supervisor llamó aparte al maestro y lo interrogó: ¿Qué pasa aquí? En el salón de junto no hablan español, pero saben matemáticas y leen bien, y acá que hablan español tienen todo mal.
El veterano profesor palmeó la espalda de su superior y le dijo, “al rato explicarte maistro, al rato en la cantina de Ramona, tiene botana sabrosísima vieras, puro marisco hermano. También hay chamacas; ja, ya verás”.
Llegó la hora de la salida y los dos docentes salieron rumbo a la cantina de Ramona. Fueron bien recibidos, hasta con algarabía, por supuesto el profe local era cliente asiduo del lugar. De hecho ahí pasaba todo su tiempo libre, entre botanas, chelas y putas. Fue generoso con el supervisor, quien seguía con la curiosidad por saber lo que le preguntara en la mañana al profe. No fue necesario insistir para entender el atraso de los alumnos, ya medio borracho éste le comentó una de sus experiencias que, presumió, lo ponían como el chingón del pueblo.
--Una vez dejé tarea, compa. Dije busquen quien es Maximiliano de absurdo. Pasó días y ningún chamaco trajo tarea.
--¿Maximiliano de absurdo?, repitió el supervisor extrañado.
--Sí, hasta que un día llegó uno con la respuesta, me dijo.
--Maestro es Maximiliano de Habsburgo, no de absurdo, pero mi tío me ayudó con la tarea con la condición de que yo le dijera a usted que es un pendejo.
--Bueno pues, dile a tu tío que seré un pendejo pero gano más que él.

 

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