Uno llega a una universidad para ver si se puede ser otra cosa en la vida. A lo mejor un gran abogado o dentista o sicólogo, o quizá un científico de fuste, o un gran escritor al que un día leerán los mejores lectores del mundo… o hasta un razonable periodista. Uno llega ahí, privilegiado, para cambiar la ruta que ya se lleva y, si hay vocación, a lo mejor para cambiar las cosas que ve el que vive, como dijo Ricardo Garibay.
Resulta que así, un día, aparece uno en los pasillos universitarios para compartir con otros esa expectativa de ser otro en el mundo. Nuestra vida; nuestro tiempo; nuestras ilusiones y nuestra incertidumbre están a disposición de quienes en las aulas nos harán diferentes, quienes amueblarán nuestras entendederas y pondrán ahí la posibilidad de justicias o injusticias, de igualdades o desigualdades, de feroces aciertos o frustraciones.
Ahí, los maestros, nos tienen en sus manos; somos los muchachos locos del verano aquel (cuyo título arriba parafrasea al del gran escritor Gerardo de la Torre) a los que hay que moldear el conocimiento y para lo cual, por entonces, llegamos ahí con la libreta de apuntes, con los libros desgastados de la preparatoria –para que se supiera que éramos estudiantes- calzados con tenis y vestidos con pantalón de mezclilla, playera percudida y un cerebro fresco todavía. Ellas, por supuesto, “más bonitas que ninguna”. A todos estos dispuestos a beberse la vida, los maestros deberán aclarar o fortalecer las vocaciones; porque los maestros son factor indispensable para lo que será la vida profesional de uno y la vida plena de ellos, también.
Por supuesto, en la universidad hay de maestros a maestros. Hay los que mecánicamente nos dicen lo que es; hay los que se pasan de exigentes y ven en cada uno de nosotros al recluta que siempre hubieran querido en su pelotón particular. Hay los maestros ‘barco’, claro que sí: sin ellos la mar no sería la mar…
…Y los hay sabios que hacen que uno contenga la respiración, que mantenga firme la mirada, nervioso el pensamiento y dispuestos a la acción inmediata porque ese maestro tiene el don de predecir el futuro del mundo, del país, de nuestra universidad, de nuestra aula y de lo que somos y seremos cada uno en el futuro: de estos era el maestro Miguel Ángel Granados Chapa.
En 1976, que es de cuando les escribo en particular, el país tenía un presidente mentiroso y parlanchín, Luis Echeverría, a quien se acusaba de inteligencia limitada. Debió ser cierto por los resultados. En todo caso, por esos días vivíamos la colita de su gobierno porque ese mismo año, en diciembre, habría de tomar posesión aquel que habría de defender al peso como un perro: José López Portillo. Pero mientras eran peras o manzanas, en 1976 en México éramos 58 millones de habitantes del país y nosotros éramos 50 aspirantes a tomar por asalto al mundo y su circunstancia.
‘El maestro Granados Chapa’ escribía artículos en Excélsior desde 1969 y a donde había llegado en 1966. Llegó primero a la mesa de redacción como corrector. Venía de Crucero, la publicación que hacía su maestro y amigo Manuel Buendía y en donde ya había sufrido una mala experiencia cuando integrantes del MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación) –agrupación de ultraderecha- le mandaron a golpear por algo que escribió en uso de su absoluta libertad de expresión y que no les gustó. De todos modos en Excélsior hizo una carrera rápida y sólida.
Me acuerdo; si, me acuerdo: en junio de 1976 ocurrió nuestra primera clase con él: “Ustedes [siempre nos hablaba de usted] que han decidido ser periodistas están condenados y obligados a ver las cosas de manera diferente, mucho más intensa; mucho más profunda. Ustedes ya no podrán ver lo que pasa de la manera más inocente: una película ya no será lo mismo para ustedes; un programa de televisión tampoco, porque ustedes encontrarán otras connotaciones en ello; y si esto es así en estas expresiones, mucho más lo será en los hechos de la vida: ustedes ya no pasarán frente a estos y mirarán hacia otro lado: están obligados a no perderlos de vista y a verlos con diferentes intensidades y con la interminable pregunta del ¿por qué?”… Y así, esa primera inolvidable clase de junio de 1976…
De ahí en adelante, la materia “Régimen legal de la prensa en México” se nos fue como agua. Durante dos semestres las tardes de martes y jueves eran cátedras de ética, de rigor, de ley, de responsabilidad, de justicia y de humanismo. Eso nos ocurría a los azorados estudiantes que nos veíamos cambiando al mundo todo y al del periodismo más; y esto era así porque para entonces los egresados de la carrera de periodismo comenzaban a poblar las redacciones de los medios de comunicación, sobre todo impresos, y a quienes algunos viejos periodistas hechos “en la talacha diaria” veían como bisoños aspirantes a “hueso” (Es decir, modesto aspirante a llevar originales de oficina en oficina en la sala de redacción).
Poco tiempo después ocurrió lo del 8 de julio de 1976 en Excélsior. Aquella generación de estudiantes se veía en la lucha con sus maestros y en la transformación que habrían de vivir los medios de comunicación impresos. El maestro Granados Chapa seguía dando su clase y nunca, jamás, nos quiso inocular el odio o el desprecio: pero sí puso en la mesa del análisis los hechos para que cada uno de nosotros sacara sus propias conclusiones de lo ocurrido.
Como su alumno siempre busqué la forma de mantener su magisterio aun fuera de las aulas. Le buscaba para comentarle asuntos; le perseguía para que leyera esto u otro tema que había escrito; pedía su consejo en asuntos diversos, pero sobre todo quería mantener el vínculo porque le veía como ejemplo de lo que yo quería hacer en el periodismo. Y él me atendía siempre con mucha paciencia.
Luego estuvo en la fundación de la revista Proceso, y de ahí pasó a UnomásUno y más tarde La Jornada, la revista Mira, el periódico Reforma…: y así la vida de los que vivimos en esto que elegimos para poder vivir con aire: el periodismo.
En 1978 aceptó ser director general de Radio Educación y después de una insospechada recriminación mía, quise trabajar con él y le insistí hasta que finalmente me nombró su auxiliar en ese primer paso que da uno cuando por primera vez trabaja en un medio de comunicación: milagroso y victorioso, temeroso e inolvidable porque desde ese momento uno siente que ya se es periodista. Mucho tiempo habría de pasar todavía, antes de aproximarnos a la verdad del periodismo y la de ser periodista.
Y desde entonces se cumpliría para siempre lo que ha sido su magisterio para muchos de nosotros: al término de las aulas lo sería también fuera de ellas. Y fuera de ellas no sólo significaba trabajo duro o reflexiones variopintas. También había tiempo de solaz y hasta de bohemia: “…como espuma que inerte lleva el caudaloso río…”
Ahí, en Radio Educación observé con la sorpresa de un sedicente estudiante lector de Marx, de Hegel, de Lenin y de toda la galería que nos otorgaba la editorial Progreso, cómo puede ser posible que en un espacio oficial se hagan milagros de justicia informativa, de equilibrio, de democracia, de pluralidad, de independencia, de ética y de libertad; nunca como la lección de aquellos días me ha servido luego, hasta nuestros días.
Me siento privilegiado porque por entonces él comenzó a involucrarme en otros proyectos suyos, lo que en otras palabra significaba que había ganado su confianza.
Me llevó a la sección editorial de UnomásUno. Me hizo su adjunto en la Universidad, cosa que ocurrió durante un buen tiempo y que me permitió entender junto a él esa responsabilidad frente a aquellos jóvenes que querían ser periodistas, como yo mismo quería serlo.
Luego, casi al mismo tiempo, platicó conmigo para decirme que el doctor Samuel I. del Villar iba a iniciar un nuevo proyecto editorial, mismo que él estaba apoyando. Era la revista quincenal de análisis político y económico: “Razones” cuya intención era la de explicar las cosas que por entonces ocurrían en el país y en el planeta tierra.
Por esos días surgió otro proyecto nuevo del maestro Granados Chapa. Era algo novedoso en momentos en los que el periodismo estaba efervescente y cuando algunos periódicos y muchos periodistas querían verse al espejo para conocerse de cuerpo completo.
A mediados de 1980 el maestro Granados Chapa acordó con don Luis Javier Solana, quien entonces era director de Comunicación Social de la Presidencia de la República, iniciar un proyecto de investigación denominado: “Historia social del periodismo en México”. Como se ve era un proyecto mayor porque contenía la posibilidad de encontrar las raíces de lo que esta actividad había sido desde sus orígenes en México y hasta aquella fecha.
Hacíamos esto con un grupo de estudiosos del periodismo al tiempo que, por otro lado, trabajábamos con otro grupo de buenos periodistas la salida de la Página Uno, en UnomásUno que era un suplemento del diario en donde se proponía revisar asuntos de política nacional, pero muy particularmente el tema de los trabajadores que le era muy importante.
Luego, a cierta distancia vi nacer su libro “La banca nuestra de cada día”, en aquellos años de su nacionalización. Reconfirmé ahí algo que todos le reconocen: su memoria prodigiosa; su memoria razonable y disciplinada para precisar datos, para tenerlos a la mano, para utilizarlos y engarzarlos como en joyería.
Además de que antes, como presidente de la Unión de Periodistas Democráticos, le había visto luchar por conseguir la reglamentación a la adición del artículo 6º. Constitucional, referida al Derecho a la Información. De pronto también quiso ser gobernador de su estado de Hidalgo. No fue.
Ya pasaron treinta y tres años desde que estuve frente al maestro en las aulas. Y aunque parezca mentira o exageración, aun se extrañan aquellos días en los que predominaba la ilusión por el futuro, al que –sin dejar de ser ilusión- veíamos asegurado porque los maestros estaban ahí para explicárnoslo; pero había uno en especial, que decidió compartir nuestro futuro profesional con el de él mismo.
Hoy ya estamos en ese futuro. Está bien. Cada uno de quienes fuimos sus alumnos en las aulas hemos hecho en el periodismo lo que corresponde a nuestra propia capacidad y sentido de la sensatez y justicia. Sin duda hemos sido privilegiados al contar con un maestro como es el maestro Miguel Ángel Granados Chapa.
El ya se fue. Ojalá que lo que hemos hecho sus alumnos, y lo que sigamos haciendo, le haga sentirse orgulloso de nosotros en donde quiera que se encuentre, y si existe el cielo de los periodistas, ahí estará, seguramente, escribiendo para todos.
Hoy de una u otra manera sus enseñanzas y su cordialidad la transmitimos a quienes son nuestros alumnos, sus nietos periodísticos; en ellos ahora queremos sembrar la semilla de la integridad, del honor y el respeto por esta tarea de con la que él, artículo a artículo, conferencia a conferencia, clase a clase, palabra a palabra, construyó un edificio firme que nos enorgullece a los periodistas de todo el mundo, el del periodismo que se viste de ética, de valor, de sensibilidad, de bonhomía, de humanismo y de arte: porque él hizo del periodismo un arte. Bueno, maestro: nos vemos. Hasta mañana.
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