Cuauhtémoc Blas
Marco Antonio Cabello Mares regresó a Matías Romero después de años fuera con la determinación de ser presidente municipal. No es que trajera ansias reivindicatorias, nada de eso. Se fue a lo seguro, inscribirse en el PRI y esperar a colarse hacia el poder local.
Antes las presidencias se vendían. En los años 70 del siglo pasado costaban 20 mil pesos. En esa época puros comerciantes fueron presidentes: abarroteros (Felipe Torres), dueños de farmacia (Héctor Watanabe), cantineros (Noé Fuentes), Cerveceros (Benito Nacif), etc. Entonces el negocio no era tan redituable, no había Ramo 28 ni recursos “moches” de los diputados.
La consigna de quienes compraban la presidencia era recuperar lo invertido en los dos primeros años y obtener la ganancia en el último. No había oposición y el triunfo era seguro. Ninguno hizo obra importante, ni tenían que prometer.
Sólo Noé Fuentes hizo una promesa — pero en privado (diría el rajón López Dóriga)— a su querida: pavimentar su calle y ponerle en medio una larga jardinera. A diario un policía regaba las flores sobre esa calle que debería llamarse Bulevar del Cumplidor.












